martes, 2 de febrero de 2021

 

Agujas

 

¿Cuántas agujas se necesitan para que una hembra vibre? ¿Cuánto dolor es preciso para que el desvanecimiento y el orgasmo lleguen al mismo tiempo?

La mente de Nina no es como la de Eugenia, ni la de Roberta o Paola, la de las pecas y el caniche toy. La mente de Nina se compara con la expansión del cosmos, no tiene límites conocidos por el hombre. Es un viaje. Una perpetuidad de misterio insondable y placer obscuro.  Ella apaga cigarrillos en su piel cuando se corta la luz y no hay otra cosa que hacer. Sin gozar lo suficiente con aquello, porque  la brasa se extingue rápido en la piel, antes siquiera, que las terminaciones nerviosas se alteren, para el umbral del dolor que alcanza Nina. ¿Cuánto flagelo, la carne magra de esta madura mujer tolera,  antes que llegue la negrura y apague todo clímax?

Nina no es María, que tiene un novio remisero y viaja gratis a comprar pan y yerba; ni Lorena, que cuida abuelas para ganarse el sustento. No, Nina jamás será una de ellas. No puede, fue parida del infierno, con un Asmodeo en su cuerpo. No hay ostia que la depure, ni cura que la contenga. Al último, joven y atiborrado de seminario, que lo intentó, ella lo condujo a su entrepierna, para escupirlo después a un nudo Gordiano de dudas; después de eso, el cortinado del cielo, se cerró para siempre a ella y a su redención. Nina estudio, es culta, pero arrastra barrio y dolor, hambre y soledad.

¿Cuánto más la Gillette hará surcos rojos en la blancura perfecta? Nina no es Estela (aunque fue a la facultad de filosofía con ella) que duerme siestas, visita el country los findes, y enjuaga su larga y rubia cabellera con `productos tan caros como exóticos. Nina es una cruda perra…que filosofa, que se confiesa y que se da baños de oscuridad cuando la luz arrecia. Nina es lo que cualquiera podría ser, pero de solo calcularlo, aterra.

Yo soy Nina, tengo 42 años, amo a Norman Bates, ver cine retro comiendo pochoclos, y a los paseos con  garuga en el Jardín japonés. Ahora te voy a contar como se hunden las agujas y crujen, una a una, en mi pálida carne de hembra.

 




 

I.              El gordo y la bolsa

 

Yo le pedía agujas y perforaciones, pero el estúpido me mandaba la bolsa negra. Venía de esa página, Mazmorra creo, donde algunos freakys se disfrazaban de cultores del BDSM y se mezclan entre los que verdaderamente hacen un arte del bondage y el spankeo. Era un gordito de ojos verdes como esmeraldas, cuello de oficinista y dentadura de nene de mamá. Me gustaban sus pezones, por eso se los mordía y sangraba el marrano chillando. Varias veces me dio una mano con las cosas de la facultad, su extraña inteligencia me atrajo.

Fue una tarde muy calurosa en Parque Patricios, en su Loft. Yo me había puesto un liguero y medias de red rajadas, mi vientre estaba plano, lucía hambreado. La merca me tenía mal, no consumía siempre y me pegaba mal, me quitaba las ganas de  alimentarme y me ponía a tope, en esos momentos cuando necesitamos del motor carnal más golpes de pistón. Tenía la chuleta ardiendo (así llamo yo a mi vagina) y mi demonio quería lujuria y sangre, martirio y gemidos. Mi demonio hace que suden mis manos y otras cosas por el estilo, es verdaderamente sádico. Eso está bien, me hace sentir menos culpable de todo lo que arrastro de pequeña. Es bueno tener a mano  quien culpar, hace que la vida sea surfeable.

Les repito, me llamo Nina, soy una perra cruda y vivo más en celo de lo que mi mente pragmática acepta, con una chuleta apretada y jugosa, camino por la vida mordisqueando la costura de los jeans. Tengo vicios manejables, y el dolor es mi único maestro. Vengo de un averno que escupe seres desviados a las calles, por la boca del subte de la Avenida Callao, y los entrevera con los esclavos del consumo, vendedores de rifas de autos familiares, pedófilos de hijos de enanos de circo y otras mierdas por el estilo. Todo está podrido en esta realidad, de un miltiuniverso que de seguro también lo está, como el gordito al que le suelo sangrar  los pezones y me manda la bolsa en la cabeza, después de atarme como a un matambre, con menos experticia que un embalador despachante de aduana.

Escuchaba Depeche Mode, en su equipo de sonido vintage, mientras  un ventilador de paletas de metal aplacaba el ardor de los cuerpos sudados, así penetraba mi ano y yo me asfixiaba. Se estaba vengando, era un reprimido desatado, aunque tenía una verdadera boa entre sus piernas y me la hacía sentir sin ningún tipo de misericordia. Los graves de la música golpeaban al compás de los latidos de su glande. Mis ojos se estaban dando vuelta, la saliva en su cosa hinchada se había secado y raspaba como mil lomos de un camaleón mutante. Mi ano siempre tuvo vida propia y jamás se había rendido, ni en las vísperas del efluvio escatológico o el rio de sangre. Esta no sería la claudicación a mis preceptos morbosos, ni mucho menos. No soy de pedir clemencia, aunque ya me había mordido fuerte la lengua y el acre sabor de la sangre inundaba mi boca. Una poesía de Artaud se me vino a la cabeza…

El gordo sucio gozaba embistiendo mi pequeño trasero parado de damisela mentirosa, mientras bufaba como un Grifo (ni idea como se manifiesta un Grifo, pero seguro bufa como el cerdo penetrador que se me había echado encima) El plástico se me pegaba en la cara, con cada desesperada bocanada de aire que pretendía consumir infructuosamente. Sentía el sabor de la bolsa en mi boca y la asfixia me estaba produciendo un indescriptible orgasmo, a su vez, esa misma falta de oxígeno pintaba destellos en el reverso de mis parpados. Se me iba la vida con el pis y el flujo de mi eyaculación tremenda, mi cuerpo no comprendía si era mi ano, mi vagina o mis pulmones que acababan, porque mi corazón subía a mil millones de latidos por la carretera hacia la muerte. No sé cómo, el gordo lechoso se avispó (de seguro practicaba como un marine obsesivo el control de la asfixia ajena) y rompió la bolsa que se pegaba a mi cabeza, en el preciso momento que la parca con cara de nada, me llamaba a jugar al Yenga. Y en esa aspiración tremebunda de aire, acabé sobre lo ya acabado, explotando de placer mental, porque el cuerpo ya no me respondía. Mis manos estaban adormecidas, mis sienes latían como púlsares llamando a E.T., cuando el abominable y degenerado ser que tenía echado sobre mí, saco su boa blanca, ahora moteada de marrón, de mi ano desgarrado y humillado… Y me dijo perra… en su loft de Parque Patricios, después de dos Martinis sin aceituna.

 

 

II.            Los primeros flagelos

 

La suerte de mi madre, tuvo mucho que ver con los hombres que ella frecuentaba. Cuando jugaba a las cartas se confundía entre una sota y un rey, por ende un hombre bueno o uno malo, para ella vestían la misma camisa y compartían mañas similares. Mi pobre madre era una persona que pensaba poco y vivía por inercia, de la costura al almacén del barrio, de los mates de la tarde al chismerío de la calle.  Siempre como tonta por la vida fue carne de mentiras y de palizas. Después del primer matrimonio infructuoso, del cual nací yo, tras una patada en el vientre de mi progenitora y una cesárea apurada; ella se juntó con un mecánico y se mudaron a Solano.  El conurbano de aquel entonces, era algo más decente que el de ahora, al menos y si te tocaba la mala suerte, te afanaban menos empastillados y con un dejo de amabilidad, había  cierta consideración con los ancianos y no baleaban rodillas por hacerse los malos. Hoy vivo en capital, en una pensión cercana al centro, en un cuarto luminoso. Tengo mis comodidades y mis buenos vecinos de otros cuartos, estoy muy bien, pero mi corazón sigue en San Francisco Solano. Ya les contaré historias de allí, de alguna manera ese municipio invita a conocerse. Su feria, sus calles atestadas, los buscas y los pequeños locales juntos.

 De muy chica recuerdo poco, no son de mi agrado los momentos de inocencia. Tampoco hubo muchos, crecí entre gritos y amenazas domésticas, pibes de barrio algo maliciosos y picardías oportunas. El mecánico, mi padrastro, era una reverendísima basura espacial, chatarrero de alma, vendía repuestos de autos mal habidos cuando se presentaba la oportunidad. No le pegaba a mi madre, aunque cada insulto de él era peor que una puñalada con un destornillador de paleta. Mi madre lucía como esa osamenta de foca,  pálida y seca, que vi cierta vez, en una National Geographic. Yo leía mucho, especialmente esas publicaciones españolas, Más allá y Año cero. También frecuente el Parque Rivadavia cuando aún había feria libre de manteros. Mi mente se volvió esotérica y oscura de muy joven, seguía las publicaciones de Enrique Symns y veía películas de horror y policial negro.

Tenía casi diez años yo, cuando sucedió aquello por primera vez. Mi madre, cansada de retarme, ya que siempre me portaba mal y la hacía pasar vergüenza en casas ajenas, intentó lo mismo conmigo y subiéndome a sus rodillas con el calzón bajo, me dio tantas cachetadas en el trasero como su mano esquelética soportó. Yo no lloré pero si me sentí avergonzada, ante la mirada de su comadre y su hija de mi edad y mi padrastro, el mecánico, que soltó su revista favorita de automovilismo para contemplar azorado el espectáculo. Para que ese troglodita suelte la Corsa, o bien sucedía un terremoto de magnitud ocho, o un voluptuosa mujer pasaba por la vereda que daba a la ventana de la casa.

La cuestión fue que al poco los retos los recibía de él, alegando que su mano era más firme (de hecho lo era y mucho) y procedía, regularmente y casi en acto solemne, a llevarme a sus rodillas, bajarme shorts y bombacha, o la ropa que tuviese, y dedicarse a cachetearme las nalguitas, que para ese tiempo, once años, pintaban prometedoras.

Aquel pervertido en toda regla, que nos había sometido a sus caprichos de bestia trabajadora que vive frustrada, se deleitaba castigándome duramente. Sin más decía - ¡Nina, vení para acá. Haragana de mierda, nunca haces nada!- Y eso bastaba para terminar semidesnuda en sus rodillas. Sobre su sucio mameluco y con las manos llenas de aceite quemada y grasa, el mecánico del infierno, me daba de pleno en el trasero. Levantando mis glúteos con cada cachetazo y con la constancia del castigo, volviéndolos más turgentes. Imagino que el vería mi chuletita con un morbo indescriptible, porque, por lo general, yo sentía una especie de palo de escoba hincándose en mi vientre, estando boca abajo y en sus mugrientas rodillas. Mi madre no hacía caso a esas largas sesiones de castigo, pronto descubrió que el bruto, luego de la reprimenda la buscaba para tener sexo furioso. Traqueteo de cama y gemidos que no me dejaban ver a los Transformers a gusto. Para aquel entonces a mi madre le pasaba la vida por cualquier lado, menos por la moral. Ese chip no es muy bueno, es de un Taiwán venido a menos, y se suele quemar en la cabeza de las personas. ¿Saben, es bueno tenerlo en cuenta?

Aquel flagelo al que era sometida de niña, se me había hecho costumbre, de repente y con cara de Nesquik y dibujitos, le preguntaba a mi madre -¿A qué hora llega Oscar?- y programaba algún berrinche o estropicio, así le daba motivos a él para castigarme. Solía haber un tirón de orejas antes, bastante doloroso, y al cual yo hacía caso omiso, pretendiendo un castigo más ejemplificador. Allí entonces, él me revoleaba por el aire para aterrizarme en sus rodillas, aplastando mis pechitos en la acomodada. Con el tiempo, todo aquello se volvió un teatro justificado, de a poco y entre cachetadas sus dedos engrasados entraron en mí ser. Rugosos, calientes, deformes, brutos. Yo gritaba o me quejaba con el azote, simulando que no gozaba, mientras mi madre planchaba camisas o miraba la novela. Mi trasero quedaba rojo y hasta meaba sus piernas en ocasiones, cuando el asqueroso se pasaba de morbo y no paraba de pegarme palmazos llenos. El maldito mecánico y yo tuvimos ese ritual sádico durante tres años hasta que un colectivo lo atropelló y murió de  hemorragias internas. Realmente fue algo enfermo y delicioso, que marcó mi vida y liberó al demonio que me  acuna por las noches y estimula en los amaneceres solitarios.

Esos fueron mis primeros flagelos, humillada y castigada, desnuda en las rodillas de un bruto desconocido. Nunca supe casi nada de él, nunca una charla ni un acercamiento, solo fue un objeto de perversión. Aún, si me concentro, siento sus mal cortadas y negras uñas hurgueteando en mi intimidad lascivamente, su olor a motor, su maldad y todo su deseo, que nunca superó las barreras de aquel sucio ritual. Solo una vez, que mi madre se había dormido en el sillón,  mientras él me daba chirlos en el trasero desnudo. Esa tarde, como nunca, quebré mi cintura y erguí mi cola separando algo más las piernas, mostrando el esplendor nacarado de mi chuletita. Esa bestia no sería más bestia que yo misma, pronto cumpliría trece, y en el colegio era tan deseada. Mis nalgas comenzaron una oleada de carne blanca vibrante, cuando la excitación doblegó cada primitivo sentido de Oscar, y su mano cobró una fuerza descomunal, haciéndome morder hasta sangrar los labios de placer, con cada abominable cachetada. Su palo de escoba parecía levantarme en el aire, y por un momento, y  con su otra mano tiró de mis cabellos hasta quedarse con mechones. El dolor de mi trasero martirizado y la poderosa sujeción de mis pelos, obraron una suerte de orgasmo de cuero cabelludo y carne aplastada inenarrable. Casi desvanecida, me levanté de aquella paliza, y trepé las escaleras en cuatro patas con mis pantalones y bombacha abajo, así exhausta,  logré llegar a mi cuarto del primer piso trastabillando y extasiada. Ya tirada en la cama, mareada por toda esa carga de dolor y lujuria, noté que la lefa del mecánico había pasado su pantalón y terminado en mi remera. Olía a fermento y vida, entonces pasé el anular por la mancha espesa y me llevé aquella degradación a la boca, para terminar de desvanecerme.

 

 

 

III.           El fakir de Esteban Echeverría

 

 

Dejé en tercer año la facultad de filosofía y letras, para dedicarme a mí misma. Trabajos eventuales y una actividad como profesora independiente de historia y otras materias, que me dejaban muchas horas libres para boyar por las calles de Capital Federal. Entre la cultura, lo bohemio y el barrio permanente en mis entrañas, fui decantando hacia el lado oscuro de la urbe y la realidad. Bares de gente diferente, reuniones BDSM, mentes obtusas, brillantes o turbias, de personas que uno encuentra en lugares de madrugada, donde pueden expresarse con libertad. Suelo percibirme como una hija más de Midian, esa ciudad donde las Razas de la Noche del fabuloso Clive Barker, pululan y reinan. Los diferentes, que bullen por debajo, esperando, esperando… doblegar voluntades, conquistar el mundo desde su oscurantismo aletargado.

Siempre prisionera de mi alto umbral del dolor, encontrar un maestro de las agujas, con el tiempo, se volvió mi obsesión y mi mayor meta. No cualquiera, sino el indicado. Mi carne y mi sangre esperan de un Lord del flagelo, uno capaz de entender la oscuridad del alma. Nina no es Leticia, que tiene tres hijos en edad escolar y cumple con la cooperadora. Nina se ha masturbado pasando una lija por la parte interna de  los muslos, mirando “Insaciable” de la Coca Sarli, o por enésima vez, la inefable “Tras la puerta verde”, con un ardor de lesbianismo en el alma y dolor de mentales diapositivas, que transforman en una perra posesa a una mujer cualquiera. Yo soy esa Nina, cultora de la adrenalina, llevada por Asmodeo en su virilidad áspera, a la boca del abismo que está doblando cualquier esquina.

De todas las cosas extrañas que me han pasado, ya sea por buscarlas, o por el capricho de mi destino, una significativa, fue conocer al Fakir de Esteban Echeverría. Se hacía llamar Kiran, y no era de la India como él afirmaba, sino de una localidad cercana, que, como mucho río, podría tener una laguna con nimios afluentes en vez de un Ganges. Vi su interesante acto en un rincón algo apartado dentro del Mercado de San Telmo. El tipo era bien moro, de prominente nariz aguileña, cejas anchas y mirada de cuervo senil. Un verdadero mentiroso, típico del culto argentino de hacer un arte de la escenificación con fines laborales. Lo que hacía, estaba bien ensayado y ejercitado, no improvisaba nada, de hecho, caminar por encima de vidrios molidos o acostarse sobre una cama de clavos con peso encima, no es empresa para cualquiera. Ese día era primaveral, yo vestía una falda corta gris y una remera de los Sex Pistols, rota adrede en su manga izquierda, dejando la sensualidad de mi hombro expuesta. Sin ser una mujer voluptuosa, como la Isabel Sarli que amaba, yo solía atraer a los hombres como el dulce a las moscas. Solía tintar mi cabello salvaje de diferentes colores hasta quemarlo, por ese tiempo, era rojo fuerte y no pasaba desapercibido. Bastante gente se aglomeró a contemplar el show crudo, que el tostado personaje escenificaba con solemnidad y frialdad. Por lo general el  Mercado de San Telmo suele estar atiborrado de personas,  es el bazar exótico soñado, allí se encuentra todo lo que nuestros abuelos atesoraban; desde un salero de porcelana con forma de caballito, hasta una araña de exquisitos y pulidos caireles, pasando por el vinilo que siempre deseaste tener o la pintura del artista aquel. No era ningún ingenuo el fakir, en ese rinconcito tenía más y variado público que un artista de la Avenida Corrientes.

En el instante cuando  el fakir impostor se atravesaba su bíceps con una especie de aguja de coser muy afilada, yo comencé a experimentar como mi alma intentaba desprenderse de las costillas que la aprisionaban. La tonta y suelta bombacha que llevaba puesta, contuvo con éxito la humedad que mi chuleta le escupió sin pausa. Por algo elegía esas prendas íntimas, entre culotes y bombachas de abuela, mi cuerpo no avisaba, se rebalsaba sin más cuando algo morboso lo incendiaba. El dolor que él no sentía en su estado de concentración, me llegaba a mí con colores de plenitud. Un remolino carmesí, ocre y aceitunado de sensaciones, revolvían mi cerebro y mi boca se hacía agua. “Como  es arriba es abajo”.  

Mientras la aguja salía del brazo del fakir Kiran, y un delgado hilo de sangre terminaba en gotas en el piso, me vi rodeada de hombres, de seguro, atraídos por el efluvio de mi entrepierna. Ni ellos mismos podían entender que pasaba, pero poco a poco se pegaron más a mí, mi demonio los llamaba, les hacía ¡toc, toc! en sus sienes. Cuando miré a los ojos y por sobre mi hombro a uno de ellos, que llevaba traje y sostenía su portafolio, noté como su rostro se contorsionaba. Estaba ido, contemplándome, y olía a buen perfume, desencajaba en el lugar, tal vez por eso lo miré y no a los otros que se me habían pegado. La gente comenzó a aplaudir, cuando el fakir se inclinó de una manera  que mantuvo el turbante blanco en su lugar; en ese instante, la mano del hombre entró por debajo de mi falda y apretó con fuerza en el pliegue donde el glúteo se encuentra con el femoral. Esa electricidad que me produjo su pellizco extraño, logró que yo asiera su muñeca con fuerza, y aún sintiendo la rigidez de ese fuerte  brazo, llevase su mano a la humedad plena entre mis nalgas y más allá. Mi placer culminó justo cuando los últimos espectadores dejaron de aplaudir, y el hombre bien vestido quedó como estatua oliendo su mano, mientras yo caminé contoneándome satisfecha, a  un bar al paso, a metros del lugar, y me senté en un taburete. Aún mordisqueaba mi labio inferior cuando pedí una cerveza.  

El fakir acomodaba sus cosas con la misma calma con la que llevó a cabo su acto. En un cofre decorado acorde a las circunstancias hindúes, la gente había  depositado dinero en consideración, y por lo que se percibía, al embustero no le iba mal. Ese hombre  moro, no era más que un tostado por el sol, de tanto juntar cartones de chico y en carro, en la localidad de Esteben Echeverría. Y lo supe, por lo que relataré a continuación.

Luego de conseguir su tarjeta, aludiendo que su acto profesional podría ser parte de una celebración familiar, en la quinta de unos parientes adinerados, me dispuse a mantener una fluida conversación con Kiran. Pronto le conté acerca de mi alta tolerancia al dolor y sin demostrar ningún interés sexual hacia él, fui bajando la guardia del faquir, quien se mostró amigable e interesado en mi persona. No pasó mucho para que el enjuto hombre me citara a su casa y me desnudara alguno de sus secretos; sin dudas, yo le había entrado de pleno. Él era bastante feo, de rasgos filosos, ojos deprimidos y manos ajadas. Tenía una forma de expresarse pausada y seductora, lo que  me resultó atrayente. Ese hombre diferente, lograba que yo me mojara cuando, muy cerca de mí, relataba sus experiencias de faquirismo. Una parte de él, se había convertido en asceta, con periodos de meditación y prácticas  de mortificación del cuerpo, mientras la otra mantenía su urbanidad. Kiran, al poco tiempo confesó llamarse Alejandro, y me contó de una turbia época de su vida, cuando el vino tinto y la pasta base lo tenían atrapado entre la euforia y la apatía. Por eso se negó a tomar unas líneas conmigo el día que sus labios secos y sus dientes blancos me besaron. Mientras yo volaba, él seguía sereno y templado, sus rasgos desagradables eran acompañados por un olor fuerte de su piel, cosa que me turbaba y calentaba. Yo ya había experimentado recostarme en su cama de clavos, que de falsa tenía muy poco. Eso pinchaba, y en mi espalda y cuero cabelludo producía un escozor delicioso, ni que decir en mi trasero que buscaba la penetración seria de esos clavos brillosos. Aunque solo hubo sangre en el momento en que el fakir y yo tuvimos sexo sobre su lacerante cama. Su miembro era  delgado y agudo como las agujas de su acto, y lograba hincarme el útero cuando empujaba sin ningún tipo de precepto Brahmánico. Por su peso sumado, mi carne se hundía en el mar de pinches, haciendo que la linfa de mi espíritu pervertido se vierta por toda la cama hasta el piso. En mi estado de drogada excitación, vi sobre las baldosa un líquido granate que asumía todo mío, pero que terminó siendo de ambos. En el frenesí sexual sobre la cama de clavos, la carne se rajó, las manos se lastimaron, los cuerpos se extasiaron de lujurioso dolor, las bocas se mordieron, las caderas filosofaron en un idioma arcano, los demonios acudieron ante el llamado de la sangre, y un ángel sagrado se embriago de soma, y se masturbo oculto del cielo, ante un espectáculo tan depravado como mortal. Penetrada y destazada por la refriega, y bajo el esmirriado cuerpo del fakir de Esteban Echeverría, sentí la potencia de Shiva, solo que, destruyéndome a mí misma. ¿Cómo se puede explicar lo que decenas  de clavos producen en un instante de éxtasis carnal y mental, en el vulnerable cuerpo de una mujer entregada a su perdición? Alejandro se sacio de mi, por momentos fue un bruto cartonero castigando al hambreado caballo que tira de su carro. Abofeteando mi rostro con su mano sangrada, para despabilarme  cada vez que me desvanecía, y  explotando dentro de mí con la furia de su semen. Al diablo su faquirismo, su horas de meditación, su ascetismo y cualquier Vimana que lo paseare por otros planos dimensionales. Si bien se mostró asqueroso y desviado como yo, también se comportó como un caballero, al romper sus sabanas e improvisar apretados vendajes para mis vastas heridas sangrantes. Horas después, ya en la pensión, y convertida en una triste momia que espera por Lord Carnarvon, le mandé varios mensajes a los cuales no contestó. Pretendía yo, que fuese mi maestro de las agujas, cosa que jamás se dio. El fakir de Esteban Echeverría no volvió a responder a mis ruegos. Por momentos lo imaginé lavando la sangría de su cama de clavos y de su piso con lavandina y detergente, trapeador en mano, con las rodillas temblorosas y un mar de preguntas en su cabeza… y… estoy segura de que lo comprendo. Después de todo aquello, no regresé al mercado de San Telmo… ni siquiera volví a pasar cerca.

 

 

 

   IV.  Violación de morada 

 

 

 

Todo tiene su porqué,  es inevitable vivir una vida sin porqués, están siempre allí y son peligrosos. Nos desnudan cuando los interpelamos, y si no estamos lo suficientemente enraizados a la cruda realidad, lo más probable es que las respuestas que encontremos sean una tempestad interminable que nos arranque de cuajo. Estamos encadenados a hechos que nuestro subconsciente vive enterrando, con la misma dedicación de un sepulturero de oficio. La tierra y los gusanos de los acontecimientos blandos de la vida, van carcomiendo aquellos recuerdos que nos matarían si permaneciesen siempre presentes.

Mis años en la facultad de Filosofía me ayudaron a comprender cosas de mi misma, a bucear de manera segura entre los cuartos cerrados y polvorientos de mi mente y poder  abrirlos a los demás. Sé que siempre estuvo  ese demonio escarbando en mí, debe haber nacido conmigo. Tal vez mi columna continuaba en una cola más allá del coxis mismo y los médicos la removieron.  La oscuridad es como la luz, se enquista y se pronuncia, a unos les pega fuerte en la iluminación y la santidad, y desgastan sus uñas persignándose;  mientras que en otros, esas mismas uñas son por necesidad  largas y fuertes para arrancar tiras de piel en el momento del éxtasis sexual, o para palear el vicio a la nariz.

¿Por qué una joven tomaría un cuchillo Tramontina y lo apretaría por el lomo y con fuerza  contra su cuerpo? Logrando así que la las puntas de la sierra entren en la piel de las piernas, y sin lastimar en exceso, produzcan heridas y un subidón de adrenalina. Un chute tal que lleve al organismo a un orgasmo genital y de las terminaciones nerviosas al mismo tiempo. Yo lo hacía sentada en el inodoro, o en la baldosa fría en el baño, desnuda y recién duchada.  Mi Tramontina estaba escondido detrás del depósito del agua, y todo aquello sucedía hasta que mi madre sacudía a golpes la puerta del baño instándome a salir.

Como les mencioné anteriormente, Norman Bates, el protagonista de Psicosis, caló hondo en mí. Hizo posible una Nina que a veces hasta me asusta. Las tinieblas  son como una botella de suero, si entra a cuenta gotas puede absorberse sin mayores inconvenientes, pero si se libera la válvula, de seguro desbordará el alma. Norman Bates era esa botella de suero, solo que él controlaba la válvula cuanto podía. Aún, su cara desencajada viene a mis pesadillas, no para asustarme, sino para regularlas.

Les diré, la carne blanca es bueno cortarla con hojas de afeitar, de manera lenta y no profunda. Solo lo hice un par de veces en mis antebrazos y no encontré mayor satisfacción que contemplar  las cicatrices posteriores. Era adolescente y probaba el umbral del dolor inspirada por la película Hellraiser, en aquel entonces erizaba la piel semejante argumento aterrador, y todo lo grotesco de las escenas. Les juro, que por un momento sentí presencias a mi espalda. Me alumbraban los destellos del televisor, en el cuarto que estaba todo oscuro, inclusive la luz nocturna que entraba por la ventana de mi habitación en el piso superior, era azulada, como vaporosa y maligna, en esa noche de frio invierno. Creo que esa fue la única vez que sentí como el espanto se apoderaba de mí. Al caer unas gotas de sangre al piso yo cerré los ojos, apreté mis dientes y hasta fruncí mi ano. Esperaba los ganchos de los Cenobitas llegar hasta mí desde los rincones para desgarrarme  la carne, y exponer mis costillas limpias de pellejo al que se atreviese a abrir la puerta. Vuelvo a jurar que sentí presencias inenarrables a mi espalda, esa noche hasta mi amado Asmodeo se había apartado. Verdaderamente sentí una pleura de oscurantismo pegarse a mi alma y quedarse allí por siempre.

Ya les decía que todo tiene sus porqués, Nina lo tiene, como cualquier enigma o cualquier manifestación espectral. Fui un ser solitario de niña y de más aún adolescente, asistía a una biblioteca de un club de barrio para pasar horas leyendo libros que quizás no eran los más adecuados para mi edad. La bibliotecaria se llamaba Ester, era una señora mayor que a veces se dormía en su silla sin observar lo que yo hacía. Tampoco notó los libros que robé, y que luego  escondí debajo del  carcomido entablado del piso, en una casa abandonada a siete cuadras de mi casa. Era una edificación antigua y un tanto siniestra, con zarzas y las raíces cubriéndola por su frente y paredes. Gran parte de su mampostería presentaba reventones por la humedad y el abandono, donde crecían los líquenes y se arraigaban los hongos. En esa olvidada casa, que no había sido reclamada por nadie, desde el fatal accidente automovilístico de sus últimos moradores, se solían reunir niños traviesos por la tarde a jugar, después de sortear el escaso tapiado de la propiedad. Por la noche, algunas cosas poco convencionales pasaban entre esos gruesos muros de grandes ladrillos y argamasa. En las paredes interiores se observaban símbolos, algunos eran  idénticos a los que aparecían entre las páginas de algunos de mis libros de  esoterismo. La casa, en su parte alta y mas ruinosa, tenía un desván que nadie visitaba, excepto yo, posiblemente por considerarlo arriesgado, su piso estaba bastante  podrido, tanto como la escalera de madera que conducía a el mismo. Durante todo su abandono, los mejores inquilinos de esa vieja morada habían sido las polillas, la carcoma y las avispas con sus nidos. Con el tiempo hice del desván mi escondite favorito, y hasta me animé a pasar las noches en el, provista de velas, algunas conservas, pan y libros. Mi madre creía que yo pernoctaba en lo de una compañera de secundaria. Yo era adolescente, pero para nada estúpida, entre las cosas que había heredado de mi difunto padrastro, una era su cuchillo de caza bien afilado, el que portaba en mi cintura cada vez que me aventuraba a ese lúgubre y a su vez, adorado lugar. Esa destartalada vivienda  fue inspiradora  para mí, me llenaba de adrenalina pernoctar allí, al amparo de las lechuzas y los murciélagos que revoloteaban cerca. Excitación que descargaba con largas sesiones de masturbación sobre un delgado y gastado colchón que había trasladado  hasta allí. En el lúgubre desván, de esa casa con varias habitaciones y patio con aljibe, marcada con  inscripciones nada cristianas en sus paredes, yo descubrí cuanto placer carnal una mujer sola puede lograr valiéndose de su ingenio. Fue el lugar adecuado para dejar volar mi mente plagada de desviaciones, como mi madre las solía llamar, cuando le daba un ataque de moralidad.

La casa era de principios del siglo veinte, algunas de sus paredes aún tenían el primer enfoscado con que se había revestido al ladrillo, otras habían pasado por mejoras; de todas maneras, los años de intemperie porque una parte del techo yacía derrumbado, abrían heridas en formas de grietas profundas donde anidaban los insectos. Según calculé el patio trasero, al que se accedía por la cocina, se extendía por unos cincuenta o más metros de fondo, las plantas habían hecho de aquel terreno fértil una selva de enredaderas, sauces llorones, maleza, y hasta un palo borracho descomunal. Muy de madrugada, cuando los vecinos dormían, yo bajaba a la amplia cocina desde mi escondite superior, siempre con cuidado al pisar los podridos escalones. En ese recinto de baldosas blancas y negras cubiertas de mugre, había un lar en su centro. Suponía yo, que los dueños de esa vivienda mantenían ese fogón desde los orígenes de la construcción. Donde calentaban algún caldero a principios del siglo pasado, para guisar o hacer pucheros. Contra un rincón se podían ver marcas de patas y abundante hollín, que suponía, eran de una cocina a leña  de fundición,  de seguro había sido hurtada ante el abandono de la propiedad, como las arañas que podía haber tenido cada habitación u otras cosas de valor, especialmente sus bronces.

En ese lar central de la cocina yo hacía fuego con unos postigos o cualquier trozo de madera que tuviese a mano, supongo que el humo se confundía con el de las chimeneas aledañas en esas noches gélidas de invierno, porque nunca vinieron vecinos o bomberos a revisar que acontecía. Ante las llamas de la fogata me desnudaba, bebía licor y leía invocaciones a espíritus que se indicaban en mis libros hurtados. Nunca, en esos rituales nocturnos se manifestó ente alguno, lo que si sucedía era que, en esa desnudez y estado de embriaguez, mi cuerpo ardía, y no paraba de masturbarme, hasta quedar exhausta en el suelo cerca de la hoguera. Me sentía como una bruja de siglos pasados, deseaba un ungüento que hiciera volar mi carne desnuda por la fría noche hacia la luna. Mojaba mi mano con licor de chocolate o huevo, a modo de lubricante, y la hundía en mi hambrienta chuleta, tan adentro como la contorsión de mi cuerpo me lo permitiese. Como si intentara un aborto con mi propia zarpa, la encajaba y la giraba en el interior vaginal. Mis ojos se tornaban al blanco de tanto placer, embriagada y con las chispas de la madera castigando en mi piel sudada. Sola, como la perra más sola, que se autosatisface de todo lo mundano, me arrastraba por esas sucias baldosas gimiendo y retorciéndome. Metiendo el pico de la botella de licor en mi ano, en un acto de lujuria absoluto. Pasaba horas haciendo aquello después de invocar esos espíritus oscuros, con letanías en latín entre otras. Apretaba mis pezones con broches de tender la ropa,  a los que les había ajustado sus resortes, para que se sintiesen más. Entre los objetos para la masturbación que iba juntando, adoraba a un viejo cepillo de dientes de duras y gastadas cerdas, el cual había hallado en el baño de esa casa abandonada. Lo frotaba en mi clítoris hasta irritarlo y dejar mis dientes marcados en el colchón del desván.

Con el tiempo comprendí que esa casa era más mía que de nadie, así que la marqué con mi orín en cada rincón que pude, como las bestias territoriales. Y me dispuse a tener sexo ardiente con todo el lugar, con los objetos que encontrara en cada recinto. De una de las habitaciones, tomé la pata de un respaldar de una cama hecha pedazos. Era un trozo de madera torneada y dura, terminado en una bola de unos cuatro centímetros de diámetro, el cual usaba como ariete para mi entrepierna, hundiéndolo con furia una vez dilatada mi chuleta. Con ese poste golpeaba mi útero, para mí el dolor era insignificante, de alguna manera desafiaba ese umbral natural con cada acto, ver mis dos manos empujar eso macizo dentro de mí hacía que me explotara el cerebro. Noche a noche fui poseyendo a aquella casa, que tenía sombras que danzaban en su interior al compás del chistido de las lechuzas. Mi sangre bullía en las madrugadas, alterada por horas de continua lectura de textos prohibidos.

Para hacer mía a la sala de estar, que ya no tenía más que retazos de techo, tomé una guía telefónica enmohecida de lo que parecía una biblioteca podrida, ya en mi desván, monté su lomo entre mis muslos y me froté hasta acabar, tantas veces como quise. Esa noche una cucaracha caminó por mi espalda, pero yo la dejé, las criaturas de esa morada antigua me acogían. Sentía que mi espíritu fluía libre, desatado de toda religión o culto, en complicidad con la naturaleza, que  día tras día se apoderaba de esas paredes, de las ventanas y de cada deteriorado mueble que aún quedaba.

En mi afán de copular con la vivienda entera y sin olvidar rincones, cierto día, decidí tomar el toro por las astas, y emulando a Cleopatra, conseguí un calabacín seco y largo, el cual ahueque con paciencia. Valiéndome de una red casera fui atrapando avispas de los rincones de la casa, de sus mismos panales, algunas picaduras recibí pero eso ni me inmutó. Más de veinte avispas terminaron dentro del calabacín, al cual cubrí su boca con una media de red doble y encintada. Las embravecidas avispas  producían una vibración en las paredes del artilugio, y eso bastaba para que yo lo disfrutara como un juguete sexual, pasándolo por el interior de los muslos, mis pezones y las aureolas, las axilas y el cuello. Una noche quedé dormida después de un orgasmo olímpico, con el vibrador casero entre las piernas, y al despertar comprobé que la mayoría de las avispas habían muerto. Al menos, tuve sexo con la energía de esas criaturas agresivas que habían vivido en cada rincón de esa derruida morada. Eso, por supuesto, terminó de conectarme a la magia de todo ese lugar.

Después de un tiempo, una mañana tormentosa, pasé por enfrente de mi casa encantada y mi refugio nocturno, y vi topadoras y suficientes operarios listos para demolerla. Tuve la intención de correr a rescatarla de su final, pero que iba a decir, la única escritura que yo tenía del lugar, era el placer escrito en mi carne, y mis únicas posesiones, los libros que seguían escondidos debajo del tablado. Además, que la casa fuese a ser derrumbada no era casualidad, solo habían pasado dos meses de lo del sordomudo…

 

 

V.            Anomalía

 

¿Qué me lleva a mamársela a las penumbras con tanto fervor? Sentarme a horcajadas de la virilidad de la noche para sentir su falo de tinieblas penetrar en mi. En mi vida me he asido a la negrura como la sanguijuela a la piel de su portador. En la taciturnidad encontré siempre las respuestas, y así es como hallé en lo desviado, el placebo que  calma el ardor de mi espíritu.

Antes que la casa abandonada sea derrumbada, pasaron cosas en mi vida juvenil, una de ellas  fue que, después del tercer año en la secundaria, mis notas comenzaron a ser cada vez mejores. Las exposiciones que daba ante la clase, parada cerca del pizarrón, dejaban más que satisfechos a mis maestros. Llegué a debatir con ellos temas lejanos a la comprensión de los demás alumnos, porque mi cabeza se nutría de lectura y crecía en sus propias densas elucubraciones.  Si bien los lazos con los barrios y las formas de las calles de Solano, estaban siempre presentes en mi persona, cada vez más, la cultura  ganaba espacios en mi mente. A su vez una Nina esotérica, sexual, profana, diferente nacía, con cada embate que le hacía a mi carne blanca en busca de los márgenes del dulce dolor. Solitaria, lejana y aborrecida por mis compañeros de colegio, pues mi mente, mi concepción del mundo y sus realidades, era absolutamente diferente a la de ellos.

Me percibía también en la arista opuesta a la de mi madre, ella solo era un autómata de la existencia rutinaria. Depresiva y siempre en el yerro del amor. Después de morir el mecánico troglodita, conoció algunos hombres que no sumaron más que desilusión en su vida, y le heredaron el consumo de antidepresivos. Lejanas, pero conviviendo siempre, sin notarnos ni molestarnos, cada una fue mudando su piel en los rincones de la casa, como le parecía. Cada día más adicta a las telenovelas, ella lloraba en su sillón favorito por la pasión y la felicidad que jamás tendría, mientras yo, en mi cuarto, leía a Baudelaire, Poe, Maquiavelo y tantos otros.  Poco a poco ayudé a mi madre a vender todo lo que pertenecía a Oscar, en la feria de Solano y donde pintó la ocasión. Herramientas, malacates, partes de autos, un cumulo de muebles de roble y otros bártulos de sus padres guardados en un depósito, más toda la chatarra acumulada por años de oficio. Eso ayudó a llevar cierta estabilidad económica durante mi adolescencia, al menos no faltó la comida ni las necesidades básicas. El estrecho trato del mecánico con los jefes de calle de dos comisarías cercanas, y sus arreglos particulares, aseguró que nuestro domicilio  nunca sea “tocado”. Siempre anduve hasta altas horas de la noche, y de madrugada, por las calles de San Francisco Solano sin ser molestada por los vagos en las esquinas, ni nadie en particular; algunos me decían “la hija del tuerca”, pues sí era llamado Oscar entre los transas, los buscavidas y algunos policías con más antigüedad.

A mis diecisiete decidí adoptar un perro, al que llamé Anomalía. Era callejero y muy listo, de buen porte y pelos largos, negros y algo irregulares. Tenía una mirada dulce, pero si mostraba los colmillos, mordía seguro. Era un perro muy determinado a mantenerse con vida, de los que mejor es tener de amigo. Después que mordió a un borracho que me molestaba y lo arrastró de la botamanga de su pantalón, yo quedé embelesada con el animal. Se volvió mi fiel compañero, tanto en las calles como en el escondite de mi casa. Anomalía dormía cerca de  mí, sobre un pentáculo que había dibujado sobre las podridas tablas del piso con pintura sintética blanca, sentía que eso lo protegía, y de la misma manera, él a mí. Yo le leía fragmentos de mis libros más oscuros, y sus ojos brillaban con el reflejo la flama de las velas. Si hacía frio me abrazaba a su cuerpo y dormía con su olor, soplando sus pelos de mi cara. Nuca supe con exactitud la edad del animal, pero asumí que era joven pues gozaba de una energía significativa. Por las noches y estando a mi lado, solía lamerse los huevos y tener descomunales erecciones. Yo quedaba atónita mirando el rosado intenso de la tranca de mi perro, el vapor de esa carne hinchada que subía junto al humo de la vela. Viendo aquel viril esplendor animal, me sentía satánica, y terminaba desnuda boca arriba con las piernas bien abiertas metiendo lo que tuviese a mano en mi chuleta jugosa. No me bastaba con frotarme el clítoris o apretarme las tetas, que estaban, por aquel entonces, en el sumun de su turgencia. Necesitaba sentirme llena por dentro, llena a reventar; por eso solía terminar en cuatro patas, sudada, con los muslos pegajosos y chorreados, implorándole a Asmodeo que condujese al perro encima de mí y me poseyese entera, delirando por un abotonamiento infernal. Cosa que nunca sucedió, pues Anomalía tal vez no estaba en sus momentos de celo, y lo de sus erecciones eran el acto reflejo de su acicalamiento… quien sabe. Amaba a ese perro mucho más allá del morbo que me producía en esos momentos míos de lujuria. Siempre le permití ser la bestia joven que era, libre.

Algo que me maravillaba de mi bello can, era que anticipaba la presencia humana en la casa abandonada algunas cuadras antes de arribar. Se ponía inquieto y gruñía. Algunos vagabundos entraban a esa vieja y ruinosa casa, en ocasiones, también parejas para tener sexo. Estaba segura de que alguien consultaba a la ouija en el lugar, no solo por los crujidos y ruidos varios de la casa durante las noches, de todas maneras, todo estaba en ruinas y el viento solía azotar la estructura. También se oían  rumores  densos en el barrio, se creía que en esa casa solía congregarse gente con propósitos oscuros, de allí los símbolos pintados en las paredes interiores. Mi cuchillo de caza me hacía sentir a salvo, pero más aún, los colmillos y la ferocidad de Anomalía. Pocos saben que el fenómeno de la ouija se originó alrededor de 1850 en la casa de la familia Fox en Nueva York, las niñas del lugar tomaban a gracias los golpes y extraños sonidos que se escuchaban en el lugar. Con el tiempo comprendieron que allí habitaba una inteligencia inmaterial, que había fallecido tiempo atrás. Yo nunca he estado frente a un tablero de ouija, creo que es por esa noche en mi cuarto, cuando miraba Hellraiser y cortaba mis antebrazos lentamente. La sangre convocó presencias, las sentí a mi espalda, siento que aún no estoy preparada para manejar lo que vendrá del más allá, cuando logre abrir  sus puertas a través de mi búsqueda del placer en el dolor. Los espíritus ansían volver a la carne y a sus goces, el carmesí caliente los atrae y los embriaga. Cuando la sangre es el metal de la campana, el sexo lujurioso es el badajo que la hace sonar para los entes del otro lado, que acuden mezclados entre vibraciones. Anomalía los percibía, echado en el desván de la vieja casa, paraba sus orejas de repente y corría escaleras abajo, en esas noches silenciosas cuando una bruma cubría la espesa vegetación del patio. Buscaba y aullaba, mientras yo lo seguía con la linterna, hasta detenerse, por lo general, frente a la entrada sin puerta de la habitación principal de la planta baja. Ese lugar tenía la mitad de su techo derrumbado y cuando había luna las sombras que proyectaban el entablado destrozado y los tirantes apolillados de la techumbre, formaban figuras retorcidas en el piso y las paredes. Esa habitación contenía la mayor cantidad de símbolos hechos, a mi parecer, en diferentes épocas; algunos solo eran rayones con trozos de ladrillo, en cambio otros eran verdaderos sellos arcanos. El que más me aterró fue el de Valac,  el gran regidor del infierno. Al mover una antigua y roída cómoda, por detrás, hallé ese sello y supe que en esa habitación había obrado gente entendida. Fue en ese mismo recinto podrido donde cogí al sordomudo, con el hambre vaginal de un cardumen de pirañas.

 

 

 

 

VI.          Como arrancar de los cielos a un sordomudo y arrastrarlo al infierno