martes, 23 de enero de 2024

 

El aroma del adiós

 

El bote avanza y deja una estela de espuma. Lo impulsa un solitario remero con brazadas firmes y un buen ritmo, sobre las aguas oscuras. El chasquido de las paletas en el agua y el crujido de las ramas en el viento hacen contraste en la orquesta de trinos que acompañan a la visión de ensueño. Pienso, al contemplar el boscaje frondoso y la amplitud de colores, que solo un paisajista del renacimiento podría plasmar con fidelidad este panorama atemporal. Suspiro y luego lleno mis pulmones con el aroma, terroso y fresco, del río.

Me encuentro en la orilla del Volga, en el margen izquierdo de siempre, con el sol de frente que interpela a mis arrugas y entibia los recuerdos. Sentado en el prado, siento la frescura del suelo a través de mis pantalones livianos. Extraigo de un bolsillo del saco el pequeño cofre que contiene las bragas de mi amada. Blanco e inmaculado algodón terminado en puntillas, que se desliza en mi mano como si una paloma, trémula y agotada, aleteara en busca de la tibia luz.

Como otras veces, retorno a este enclave, mojón de nuestros encuentros de juventud, donde tú, amada Anna Ivanova, untabas rodajas de pan fresco con mermelada hecha de los frutos que tus manos recogían de los arbustos de mi finca. Acudo a este margen pacífico para apartarme del mundo en la soledad natural, a cobijo con las aves que anidan en la remembranza de tus ojos azules, mi adorada musa del atardecer.

En este paño de íntima tela atesoro tu aroma, mujer etérea, danzarina de los silencios y las miradas interminables. Cada vez que lo acerco a mi nariz y aspiro, vuelves a mí, tomas mi mano y me transportas en el tiempo, cuando el nogal rebosaba de nueces y el abuelo Pavel nos acunaba entre melodías de su violín.

¡Oh, mi amada de los campos arados de Nóvgorod! Partiste temprano en la penumbra de un cuarto sencillo. Te llevó la fiebre y el canto del ángel, al tren que parte desde las nubes hacia el infinito. Tan lívido como perfecto, tu rostro sin dolor se despidió del mundo con el plumín  que trajo la brisa y entró por la ventana para posarse en tu frente, como un beso de ángel en un arrebato de alma.  Te fuiste llegando el ocaso, muy frágil, joven y deseada; jugosa breva de bucles rojizos y pies de hada, para dejarme en la desolación más desolada del alma.  

Con el respeto que representa tu evocación, tomo esta prenda delicada y la huelo extasiado y en paz. En ella encuentro el perfume de tu piel más protegida, la que era únicamente mía, la que besaba sin prisa y soñaba en mis noches solitarias y ardientes, cuando tú te alejabas, por meses, a estudiar en la academia. En esta femenina tela, siempre he resguardado a nuestro amor, que fue intenso y alocado, sosteniéndola y apretándola en mi mano noche tras noche, de pie y frente a la ventana, mientras divago en el argentum de la luna llena y, en ella, veo a tu corazón arder de deseo por mí.

Amor de mi vida, dueña de mis sueños, hoy es el día. Vuela libre a otros campos labrados, a otras tierras de inmensidad; me diste los mejores besos, las mejores caricias, el éxtasis de los momentos perpetuos. 

Se aleja el bote, superado por algunos pájaros de brillante plumaje esmeralda que, por un momento, se animaron a escoltarlo. Te aseguro, Anna, el aroma balsámico de los abetos no logra romper la experiencia sensorial del exquisito efluvio que asciende de tus bragas hacia mi rostro. Cierro mis ojos y me dejo ir en los vapores envolventes del recuerdo...

Allí estábamos, tú y yo, trepando las escaleras hacia la buhardilla, pletóricos de alegría como niños al son del carrusel. Tú eras la casquivana y traviesa llevándome, de las narices, a la perdición; rompiendo la formalidad de mi noble educación con tus ocurrencias de joven silvestre, tan llena de vida como un volcán que hace erupción con pétalos de rosas y desborda por sus laderas nevadas.

Imantado por tu bella figura, blanca y lozana flor de los jardines babilónicos, te perseguía largo rato evitando alcanzarte. La casa, que era vasta y refinada, jugaba con nosotros a ser un laberinto de pasión. Corríamos y corríamos en esa cacería ardorosa y desenfrenada, mientras rodeábamos macizos muebles y sorteábamos obstáculos, hasta rodar por las mullidas alfombras persas; de la misma manera que el lobo acude a la luna, yo he vivido prendado de tu desnudez. Con el corazón desbordado y el deseo en cada poro, mi pícara gacela, al fin te alcanzaba en el desván, en ese juego caprichoso de los amantes que nada planean pero que todo se les da, por la arrogancia de su tempestuoso fuego. Allí, entre los enseres, baúles y maniquíes de la abuela costurera, con haces de luz intimidados sobre la turgencia de tus senos, te tomaba como un poseso, invadido por sensaciones inquisidoras para los cánones de mi cerrada educación. Al final, desnudo de mandamientos falaces, dejaba libre al animal sórdido y carnívoro, perverso y soez, que todo humano contiene y, en la lucha de los amantes que se desean más allá de toda comprensión, yo apretaba y tú gozabas, yo entraba y tú salías de ti misma elevada al clímax. Entonces, remontada por los vientos del goce, tus uñas desgarraban las cortinas de las que te sujetabas, mientras te encorabas y retorcías en el aire caliente del cuarto. Ibas y venias, entre los universos y a horcajadas de mi pelvis, como un reptil cósmico y lujurioso, pelado de sudor. Mis manos se aferraban a tus muslos, igual que un penitente a sus plegarias, y mis dientes comían de tu nuca entre rojizos bucles y coces incontenibles. El tiempo, que era todo nuestro por el contrato del intransigente deseo, se licuaba en los gemidos,  se estiraba en cada orgasmo, se esparcía en los besos.

Poco a poco, en esa encarnizada batalla sobre el terreno de tu plena intimidad, una lluvia candorosa descendía por tus piernas hasta el polvillo del piso, inundando al ambiente de un petricor dulzón y embriagador. Tan entregados como Ulises a un destino heroico e inmortal, nuestros cuerpos se fundían en un solo vaivén, y nuestros corazones se acompasaban con el pulso de las horas. Dos relojes de carne transpirada, arada de uñas y aturdida por la locura. Dos criaturas de la divinidad  amalgamadas en una gema de amor.

Anna del follaje fresco en la primavera, de las ardillas inquietas y las bayas dulzonas del campo, tan silvestre y apasionada ¿cómo haré para, al fin, permitir que partas? Te revivo en cada ave, en cada brisa y en cada árbol. Mis manos en tus caderas, se volvían cortezas protectoras y la savia, mi sangre, bullía al empujar todo mi cuerpo de bosque transformado dentro de tu río de vida, llamado a apaciguar a la madera muscular, con su nervioso ramaje, cada intersticio nudoso y cada hoja en su plenitud verde. Siempre cerca del deslave, con cada beso que de mi boca vibrante surgía.

Incansable Anna Ivanova, eras fuente de mi juventud, arcilla moldeada por mis suaves y firmes caricias, ánfora mujer, doncella infinita. Ahora, soy un tronco viejo y marchito, un gris esbozo de todo lo que fui en tus brazos y, lo aseguro: no hubo otra ni habrá jamás, no hay una como tú. Por ello, cuando llegue la hora, me iré con las golondrinas en alguna tarde de otoño, para alcanzarte, más allá de los evos y de las dimensiones, donde anidan las pasiones de los amantes acérrimos, custodiadas por una cornucopia de soles.

Beso tus bragas, como si te besara a ti toda, por completo, desde el talón hasta tu frente, desde el aura hasta el alma. Una última vez me refresca la fragancia inmortal en esta perfecta e íntima tela blanca. Me inundo de ti y naufrago en tu mirada, en ocasiones, contemplativa y acaramelada; otras, llena de melancólica esperanza. Suspiro… los minutos se desangran en filamentos tristes por la rivera.

Entonces, cuando el remero ya no se divise, y ese tímido corzo se escabulla entre el tupido follaje, yo regresaré tu prenda al cofre, para depositarlo en el río y que parta.

¡Oh mi Anna Ivanova, de la hoz y la azada, de los campos cultivados de Nóvgorod! Te fuiste joven llegando el ocaso, ligera cual hada, preciosa como el esplendor de la mañana oriental, para dejarme en la desolación más desolada del alma.

 

 

 

Nota del autor

 

No hay mucha vuelta en este relato, habla de una pasión con forma de fetiche. Un amor profundo y prohibido que se truncó con gran dolor. 

Cuando me propuse redactar este cuento pensé en Rusia, en lo salvaje de la taiga, los montes y los ríos. Luego busqué en mi experiencia personal y pasional y plasmé, con el léxico más exquisito posible, la remembranza del hombre enamorado y atrapado en un bucle temporal.

Así como el sexo tiene su clímax, podría decirse que la muerte es su contrapeso y, desde ese punto, desarrolle el cuento.  El relato, con leves modificaciones, se puede trasladar a China o a las Islas Canarias y tendría la misma intensidad.

No es fácil escribir erotismo y la mejor manera de aprender es intentándolo. El buen gusto literario es imprescindible y, si nada se ha leído acerca del tema, lo más probable es que no se logre “cocinar” un buen relato.  Recomiendo literatura India y del oriente, en general. Ayudará a encontrar el enfoque necesario.

En este tipo de relatos no pueden faltar las sensaciones de todo tipo, el lector debe sentir con el tacto, el olfato, el gusto, etc. Incorporar aromas y sabores, colores y una exaltación de las emociones es harto importante.

Es bueno estirar el ojo hacia la época victoriana, los modales caballerescos, las damas y sus inigualables vestidos, las maneras y los galanteos. Paris es una cita indispensable para el romance, como Venecia y un paseo en góndola o un beso atemporal en los jardines babilónicos.

Sé que algunos escritores harán la observación de los adjetivos y de cierta complejidad narrativa pero, considero que, si se logra un equilibrio y una constante, todo es válido. Me refiero a escribir con olas que rompen parejo en la mar del relato y no se estrellan, de improviso, en las rocas de las frases o las estructuras inoportunas.  

Escriban erotismo y no piensen que por decir puta todo se ira al garete, lo importante son los labios que pronuncian tan profunda palabra y en el momento preciso en que se dice. El romance es un juego, jueguen ustedes con situaciones y palabras como si estuviesen allí, disfrutando.

 

Relatos de la Nueva Buen Aire

 

Muralla (por Daimon)

 

Con dificultad, el niño se acercó a la muralla, estaba manchada y parecía infranqueable. La imponente pared lo inquietaba, su corazón bombeaba fuerte y en sus dedos sentía un cosquilleo eléctrico. Sus labios estaban secos y su boca pastosa, pero eso era algo de todos los días.

Un dron de vigilancia lo escaneó desde lo alto, esa era una zona restringida. Al cabo de unos minutos de zumbona compañía, lo desestimó como amenaza y partió veloz, con la fuerza sumada de sus cuatro hélices, a otra alerta en el perímetro. El niño cerró un ojo, apuntó con sus resortera al reluciente vigilante y disparó. La bolilla de acero no alcanzó al objetivo, el dron se alejaba como saeta.

Siguió avanzando y al descender de un terraplén, hundió sus pies en una podredumbre de desechos y fango maloliente. Chapoteó hasta dejar atrás varias pilas de basura y se topó con un bastión de vehículos oxidados y desmantelados. Ante el rojizo y estropeado panorama, recordó esas películas viejas acerca del fin del mundo, con futuros aterradores y devastación sin fin, que solía mirar junto a su amigo Hernán antes que lo molieran a golpes durante un robo y lo abandonaran, moribundo, al borde un alcantarillado. ¿Cuál era la diferencia?, pensó. La maldita película era la realidad de ese basurero.

Escalar por el fierro retorcido y las filosas chapas suponía un riesgo que no deseaba correr. Por un instante, amagó a cubrirse la boca con el pañuelo árabe que llevaba al cuello, la acides y las partículas en el aire molestaban en su garganta. Cerca, un galgo, flaco y sarnoso, lo miraba con ojos hundidos desde el interior de una cabina, sin puertas, de un camión atmosférico abandonado. La resignada bestia resoplaba, echada sobre los restos polvorientos del asiento. Los resortes, que se abrían paso por el ajado cuero sintético, lo pinchaban. Era de suponer que el perro ya no sentía nada, solo estaba allí observando al intrépido niño y esperando a la muerte, como un bufón que ha agotado sus piruetas y sus gracias.

El pequeño travieso siempre le aseguraba a su madre que llegaría hasta la muralla para tocarla; en realidad, moría por ver que había del otro lado. ¿Sería cierto todo lo que le habían contado?

Madre e hijo vivían en una casa humilde a pocas cuadras del basural que antecedía a ese brutal paredón. Ella prestaba poca atención a su muchacho, estaba demasiado drogada y débil para intentar corregirlo; después de todo, su hijo nunca le hacía caso. Había nacido rebelde, con una curiosidad punzante que desafiaba todas las reglas que se instauraban para controlar a la población.

La mujer era viuda y se exiliaba en un cuarto sucio y oscuro, con sus dispositivos sinápticos y lo que podía conseguir de esa nueva droga, sumamente adictiva, que comenzaba a circular por su barrio. Casi en los huesos, escapaba de su miseria dentro de los universos virtuales a los que tenía permitido acceder.

Había algo positivo respecto a la cercanía con esa descomunal pared: las tormentas de polvo impactaban con menos fuerza sobre ellos. El polvo de las tierras secas descansaba en todos lados, cubría muebles y calles, picaba en los ojos y lastimaba los pulmones, era como un amigo que se queda a comer y a dormir y que no quiere irse, nunca, porque le gusta permanecer.

La monstruosidad, gruesa y gris, con bloques de  metamateriales inteligentes, parecía crecer en altura, año tras año y por sí sola, como una abominación decidida a no dejar escapar a nadie. Una muralla para proteger, afirmaba el gobierno de turno; un paredón para condenar, aseguraba gran parte de la población.

El niño escupió el suelo y le dio en el lomo a una rana empantanada con el  grueso gargajo. Allí estaba la inamovible muralla, como un malhumorado maestro de incierta argamasa que lo miraba con mil ojos intimidantes, aguardando cualquier falla del niño para ponerlo en su lugar. Esa vastedad se erguía desde antes de su nacimiento y le habían contado que, del otro lado, las cosas estaban peores que de su lado. Él necesitaba tocarla, comprenderla, sentirla. La suponía fría y áspera, aunque, por lógica, estaría caliente pues la temperatura era agobiante, aun por las noches. Ni las nubes ennegrecidas que cubrían el sol, gran parte del día, calmaban a esa freidora climática. Solo el hedor de la basura era más insidioso que el calor.

Lamentó no haber traído su gorro, pronto le dolería la cabeza; pensó en refrescarse, pero era escasa el agua que traía consigo; si hallaba un charco de agua limpio de insectos, humedecería su blanquinegro pañuelo y lo enroscaría en su cabeza, como un viajero de las vastas arenas. Otra vez las películas pasaron por su mente, estaba repleto de ellas. Las pilas de basura le semejaban dunas y él se sentía como un conquistador del desierto, un templario arrojado a la furia de la batalla o un musulmán inspirado por la medialuna.

Pasó la punta de su lengua por sus labios y estaban tan resecos como los techos de los autos allí abandonados. Bebió un sorbo de su botella que colgaba de su cinto, solo un sorbo, tenía disciplina. También portaba un martillo para su defensa personal y un conejo de peluche roído. La historia de ese conejo con ojos de botones marmolados, alguna vez será contada.

El niño, cascoteado por la vida, estaba acostumbrado a la escases, como miles de pobres, en la megaciudad de Nueva Buen Aire. Suspiró… Un pájaro recortó el aire, su panza blanca fue una repentina mancha bajo una densa nube de polución. Volaba con desgano abrumado por el calor.

Una picadura como puntazo de estilete lo quitó de su contemplación. Intentó espantar a la nube de insectos que lo rodeaba y le sacaba jugo. Los mosquitos impiadosos eran horrendos kamikazes y las moscas parecían cuervos enardecidos y zumbones. La mugre y el mortal calor las volvía más grandes y desesperadas. La naturaleza se enloquecía, se plegaba sobre el humano intentando asfixiarlo. De todas maneras, él podía hacer frente a esas molestias, era un sujeto solitario y curtido. 

Por distintos sitios había intentado acceder a la base ancha de la muralla, infructuosamente, claro. Era terco y no pararía hasta alcanzar sus metas. Suponía, en su cabeza de niño aventurero, que en sus exploraciones hallaría un agujero y le echaría un vistazo al mundo exterior. ¿Qué habría allí en realidad?

Sus compinches, niños mayores que él, aseguraban que tras la muralla solo quedaban ruinas, terrenos áridos y animales en estado salvaje. Uno de esos zaparrastrosos adolescentes, el que tenía un ojo muerto, aseguraba que moraban en las ruinas exteriores sangrientos comedores de carne humana y otras atrocidades mayores. Decía, abriendo con desmesura el ojo sano, que todo era a causa de las bombas nucleares y de la locura de la guerra. Lo mejor era, sin duda, permanecer dentro de los límites de la gran muralla.

Había otras gigantescas ciudades, interconectadas por túneles subterráneos y diseminadas por el territorio argentino, que mantenían el modelo de contención de población diseñado por los orientales.  Los países se habían agrupado en bloques, con intereses diferentes, aunque seguían una misma política de emergencia ambiental. No había opciones, el planeta era una brasa inconcebible.

En su cabecita preocupada, el niño intentaba creer que todos los violentos y arbitrarios cambios en el mundo habían sido para permitir a la naturaleza regenerarse y descontaminar el planeta. Una visión un tanto benévola de lo acontecido, pero soñaba despierto, mientras el polvo en el aire resecaba sus fosas nasales. Por fortuna, no sufría de alergias e infecciones respiratorias, como muchas personas. Se rascó la frente y carraspeó. La curiosidad llenaba, en parte, el vacío de sus tripas. ¿Qué demonios sucedía tras las gigantescas paredes?, la curiosidad lo carcomía. Ningún noticiero o documentalista de turno le diría lo que él descubriría, tarde o temprano.

Antes de morir su padre, que era un hombre entrado en edad, le contó cómo el mundo entero se había ido al diablo. Le habló de las pandemias, de las guerras por los recursos naturales y acerca de las ambiciones humanas que alcanzaron cuotas de demencia nuclear. Le describió cosas terribles, acontecidas en pocas décadas y, por sobre todo, el alcance del desastre climático y ecológico. La devastación sumada llevó a los gobiernos despóticos a confinar a sus ciudadanos en ciudades enormes y controladas, como jamás la humanidad había visto. Antes de fallecer, el pobre hombre se aseguró de darle una pincelada de realidad a su pequeño hijo, con esperanza de que la vida en su florecida crudeza le duela menos. Como pudo, le enseño a sobrevivir y luego murió, arrastrado por un cáncer, lento y doloroso, en su garganta.

El niño volvió sobre sus pasos, llorar no era una opción para él. Cocinaba algo por dentro, un sarcoma que se rostizaba rápido en el horno de su alma. Pura rabia amontonada que no comprendía bien. Apretó sus ojos con su mano sucia, llorar no era una opción. El perro no lo vería quejarse, las moscas no lo verían flaquear y el dron, jamás, lo vería retroceder. Ese dolor, la perdida de su padre, lo mantenía vivo y lo fortalecía. Resurgiría de su desolación, dentro o fuera de la descomunal muralla, aun cuando la humanidad se despedazase a sí misma bajo un cielo de negrura sin fin. Pensaba que era fuerte, mucho más duro que la inamovible muralla.

Pestañeó varias veces para aclarar sus ojos claros, en el horizonte y sobre la maraña de cables eléctricos, podía divisar al dron de vigilancia acercándose. Esbozó una sonrisa mientras cargaba su resortera. Si acertaba de lleno y lo abatía, volvería al refugio de la pandilla con un trofeo de calidad. Después de todo, su blanca piel y sus rubios cabellos se camuflaban bajo toda una capa de suciedad, lo que no era un impedimento para los algoritmos biométricos, que escaneaban al niño y lo tenían, desde hacía tiempo, calificado en sus registros. El dron lo identificó en su base de datos, no hubo latencia, fue de inmediato. Algoritmos en la infinita red, lo supieron, al instante, todo acerca de él. Todo lo que ese niño sabía, todo lo que ese niño era, todo lo que ese niño deseaba… la amenaza rebelde que llegaría a ser si nada se hacía.

No necesitó demasiado, el aparato volador, para esquivar los dos “gomerazos” que intentaron derribarlo. Sin tomar represalias los drones de vigilancia cuentan con un sistema de shock eléctrico la máquina autónoma descendió a la altura de los ojos de su agresor, para observarlo de cerca, como dos un celador que encuentra a un bandido a punto de hacer una trastada. Una cámara escáner y dos ojos celestes buscaron intimidarse. Por un instante, los adversarios se midieron, como entidades de universos diferentes, catalogando de nuevo, pensando el siguiente movimiento.

El dron se movió despacio hacia la muralla y el niño, manteniendo tensión en las gomas de su resortera, lo siguió. El chisme volador marcó el camino, en zigzag, sorteando barriles y grandes objetos herrumbrosos. Cuando el niño se atascaba, el dron se detenía y esperaba. El océano de insectos del basural era insoportable, pero la curiosidad del niño era superior. Continuaron avanzando, trepando, esquivando, por un buen rato; hasta que, detrás de una marquesina enorme y antigua, clavada y erigida en el fango como un menhir porteño, donde se podía leer el nombre de Moria Casán, apareció el  milagro.

Una grieta, bastante grande como para que un hombre agachado quepa, surgió a los pies de la muralla y a pocos pasos del niño. Con el sobrecogimiento del pequeño sabandija el dron se marchó, elevándose paralelo a la inmensa pared manchada.

Un irregular túnel se abría ante la incrédula mirada del niño. A pocos metros, entre la fangosa podredumbre del suelo, se hallaban sus respuestas; solo debía internarse en esa oquedad. Volvió a suspirar.

Le costó avanzar, parecía estar clavado al barro. Con su cabeza metida dentro del  metamaterial agrietado, pudo ver una luz en el fondo; era el lado opuesto de la gruesa pared. Logró avanzar erguido pero lento, mientras despejaba el camino pateando pedazos de material.

Estaba inquieto, su corazón latía fuerte. ¿Qué lo aguardaba del otro lado? Nada bueno, según el tuerto. Sobre su oreja izquierda una luz se encendió, eso sucedía cuando algo se enchufaba a su dispositivo de interconexión neuronal, que era más pequeño que un puerto usb. Pero…, él nada había conectado, además, poco usaba su terminal. Desactualizada y mal mantenida, producía fallos.

El calor afuera de la grieta era un vaho mortal pero, adentro y mientras avanzaba, la temperatura se templaba. El niño aletargó sus movimientos, fue un acto extraño, como involuntario. Ya no sudaba y su corazón bajaba de ritmo. La luz en la salida estaba allí, ni lejos, ni cerca; solo allí. Carraspeó y se puso en cuclillas. De repente, ya no sentía esa imperiosa necesidad de conocer el otro lado. ¿Para qué? Comedores de carne lo aguardaban, un erial interminable se abriría ante el. Nada bueno. Quizás el tuerto había menospreciado la quietud y la calidez de la garganta donde él se hallaba refugiado, muy tranquilo. El tuerto había pagado su osadía y su lengua larga con un ojo, no entendía como, pero lo sabía.  

El niño llevó su pulgar a la boca, era acogido en una matriz cálida, reconfortante. El metamaterial pareció vibrar y reconfigurarse, como una madre que mece a su hijo. La luz de la salida permanecía allí, brillante. El niño entró en un profundo sopor y se durmió.

Cuando despertó salió por donde había entrado y caminó sin sentir su cuerpo, liviano como un manojo de plumas. El tiempo había transcurrido, pero no sabía cuánto; tenía hambre, como de costumbre, pero diferente…

Parecía flotar en el barro y la nube de insectos lo ignoraba. Quería llegar a su casa, aunque sin demasiado apuro. Su mente estaba despejada, receptiva a nuevos esplendores de la realidad confinada. El sol perdía su resplandor, en un atardecer inseguro, confuso. Avanzó sin mirar atrás, ya no quería saber…

Un murmullo apagado le llegó desde la grieta y no necesitó darse vuelta para comprender. Una madre de bloques de metamateriales cosía su vientre para volver a ser una muralla colosal, infranqueable, protectora. La luz del dispositivo de interconexión neuronal se apagó en la tranquila cabeza de niño. Suspiró, aliviado.

 

 

 

 

Nota del autor

 

Siento un verdadero afecto hacia este relato; supongo que por criar a mi pequeño hijo a los cincuenta años. Un relato que he trabajado con ahínco, reescribiendo y revisando más de quince veces. La idea es que sea lineal y ameno, sin complejidades de estilo.  

En el primer plano del cuento podemos observar a un mundo distópico pero no lejano. Una realidad caótica que nos toca de cerca pues hay atisbos de ella en cada rincón del planeta. La curiosidad del niño, como todo niño que hemos sido, frente a algo enorme y lleno de misterio. La aventura que significa adentrarse en lo prohibido sin temor a las consecuencias.

Entretejido en el cuento, el segundo plano nos habla del abandono de un niño, de su soledad y dolor y de como, una madre sustituta aun fuere artificial, puede calmar esa sed de afecto. De alguna manera, toda curiosidad humana, el hambre y la sensación de vacío se apagan cuando “la madre” entra en juego. Volvemos al limbo que es el cálido y primigenio amor.

Y en un tercer plano, el aterrador, nos dice cuanto de nosotros conoce la inteligencia artificial. Tanto que puede envolvernos en un paraíso simulado y erigirse como toda respuesta a nuestros problemas.

Se debe tener conocimiento acerca de los avances tecnológicos para encarar un relato futurista y distópico. El lector nos pondrá a prueba, no se tragará cualquier anzuelo. Inventen, pero anclen sus inventos a algo conocido, aunque sea lejano. Para hacer creíble cualquier cosa se debe alcanzar un nivel de asombro en la precisión de la pluma. O ser listo, como Lovecraft, al relatar abominaciones tan deformes como indescriptibles, tan horrendas como inimaginables. Lo impronunciable, o inenarrable. ¡Vaya pillo qué era! Dicen que Borges no lo quería pero yo sé que le gustaba; si algo tenía Jorge Luis era esa ironía a flor de piel.

Qué más decir… Espero que este sencillo relato les haya gustado, a mí, en particular, me encanta.

 

A los saltos   (por Daimon)

 

 

La comisión deportiva de Villa Insatisfecha, un pueblo en el costado flaco de la Provincia de Buenos Aires, contrató al turco, Abdul Demir, para organizar una competencia representativa. Debían revitalizar la imagen de su terruño para motivar al turismo zonal. 

El inmigrante, que estaba en el declive su carrera profesional, era un septuagenario con cierta reputación por hacer de Estambul un sitio reconocido por sus juegos primaverales. Pero, una cosa es Turquía y otra, muy distinta, Villa Insatisfecha, donde las gallinas campean a sus anchas sobre el pedregullo de los caminos y las loras abruman con sus parloteos desde las copas de las palmeras, que el fundador del pueblo plantó, con insidioso esmero, ciento veinticuatro veranos atrás.

Cosa distintiva son las comadres que atacan como jejenes a los pocos viajeros que se desvían de la ruta interprovincial para conocer el tranquilo pueblo, beber un refresco bajo el alero del almacén de ramos generales y degustar una sabrosa picada de quesos y fiambres locales.

La primera en avisparse de cada arribo es doña América. Sin demoras, sale a barrer con su escoba de paja y se va acercando a los turistas, despacito, como lince al conejo. 

¿De donde son ustedes? ¿Qué los trae por acá? Comienza su plática con sutileza y persiste, lanzada y sin miramientos.

Pero que guapa la buena moza, parece Lady Di cuando estaba viva.  

¡Ay, Don, se le ha caído el pelo! Un despelote la ciudad ¿no? Estrés le dicen. ─ asegura arrugando la nariz, mientras se acomoda algún rulero flojo. La inquisidora mujer, de vestido floreado y delantal, tiene bien estudiadas sus preguntas y, según la cara de los visitantes, tantea con cuidado o dispara a mansalva.

Quédense unos días en la casa de Eulogia. Es como un hotel de pueblo, vio. Lo único molesto son los mosquitos, a la noche, y los perros. Tiene ocho, pero son mansitos como agua de tanque. El galgo tira a los garrones, si uno le pasa muy cerca, claro. Está casi ciego de puro viejo y… algo trastornado. Quedó mal por un petardo en año nuevo, pobrecito. Aquí le tenemos lástima. ¡Vamos, quédense!, les vendrá bien un descansito. Si sigue así, Don, va a quedar liso de la cabeza como el de Rápidos y Furiosos, ¡ja! Televisión satelital, no va creer. ¡Estamos al día acá, ja, ja! ─insiste la chismosa y no suelta a su presa hasta convencerla. En Villa Insatisfecha es conocido el arreglo que tiene con Eulogia por cada huésped que llega a su hospedaje.   

Ese año, el destinado al gran evento deportivo que revitalizaría la imagen del pueblo, el calor estaba áspero como chupetín de piedra pómez y el turco Abdul, como lo llamaban los parroquianos, lo sufría terriblemente.

La temperatura agobiante, la escasa paga del pequeño municipio, los pueblerinos, que revoloteaban a su alrededor con estúpida curiosidad y que, encima, lo habían tomado de punto cuando aterrizaba por el bar a jugar al truco. Todo eso, sumado, hizo crecer en él una suerte de venganza creativa contra aquella camada de gente tosca que lo había contratado, más por su bajo presupuesto, que por sus pasados logros.

Abdul tenía una obsesión con el truco. Le encantaba ese criollo juego de naipes, pero era un karma que lo condenaba a la cíclica humillación. No tenía la natural “viveza timbera” que era indispensable para ganar al maravilloso juego. Por el contrario, el turco metía la pata todo el tiempo, mentía mal y no le salían las señas con las que debía informar a su compañero acerca de las cartas que tenía en su mano. Había sufrido un pico de presión y una hemiplejia le había dejado secuelas en su rostro. Se esforzaba para hacer las muecas correspondientes. Si un dos equivalía a un beso, él parecía estar besando a una elefanta enamorada en la trompa, todo fruncido e incómodo. Si le tocaba el siete de espadas, torcía los labios hacia la derecha y se le trababa la boca. Los adversarios, sin poder contener la risa, inmediatamente, descubrían las cartas que tenía. Para burlarse más de él, daba la casualidad que siempre le tocaba de compañero el “chicato” Ruiz, que tenía dos catalejos por anteojos y a pesar de que el turco Abdul se despanzurraba con cada gesto el “cuatro ojos” no alcanzaba a distinguir.

Como colofón para las tardes de dinero apostado y perdido, al salir del bar, Abdul  Demir solía tropezar con el galgo loco de Eulogia, que tenía la maña de olfatear escarabajos por el pasto cuando los muchachitos traviesos dejaban de tirarle piedras. El turco terminaba a los saltos esquivando los tarascones del perro ciego y malhumorado y puteando en turco, que es lo mismo que maldecir en sanscrito.

Se cree que lleva mucho tiempo para que un volcán activo colapse y explote. En el caso de Abdul Demir, las capas tectónicas de su paciencia se comprimían sin pausa y la catástrofe estaba a un pelo de suceder. Si no hacía nada para aliviar su frustración, “el gran diseñador de eventos” estallaría y perdería su trabajo. Pocos lo sabían, pero era un hombre acabado, su cuenta bancaria estaba en rojo y no tenía muchas opciones de empleo. Lamentaba que sus huesos hayan terminado en un lugar alejado de la gracia de Dios, como aquel.

Cuando el turco presentó la carpeta con la ”original” competencia a la comisión de Villa Insatisfecha, los organizadores quedaron perplejos por lo extraño y novedoso de su propuesta. La reputación del hombre les hizo confiar y dispusieron todo para realizar el evento. El  ”baisano” venido a menos, que de tanto truco alguna picardía había aprendido, apuró la cosa y dejó poco margen para el entrenamiento de los improvisados deportistas; apostaba todo para divertirse a lo grande con ellos. Lograr que esos criollos, matungos y panzones como bagres de laguna reservada, hicieran cualquier movimiento gimnástico, era igual de complicado que hacerle tira de cola y cavado a un búfalo. Varios quisieron participar, solo por estar aburridos y pasados de caña con ruda.

En el hospedaje de Eulogia, unos recién llegados estiraban las piernas sentados en las reposeras junto a los malvones, mientras alimentaban al galgo demente con Criollitas y bizcochitos de grasa. El pobre animal, que por la dejadez de su dueña comía a los saltos, meneaba la cola como si le hubiesen otorgado el nobel al perro perdicero. Entre los visitantes había un reportero del Heraldo Sureño, un semanario medio pelo y sensacionalista que cubriría el evento trascendental del pueblo, hecho que se había anunciado, con bombos y platillos, por toda la zona. Dustin, así llamaba al galgo nervioso, el muchacho reportero. Aseguraba que el hirsuto y mal querido perro tenía el rostro de Dustin Hoffman con un ataque alérgico.

El domingo, temprano, arrancó la innovadora competencia en equipo: carrera de embolsados con copiloto. Los vehículos eran dos arpilleras grandes, cosidas a la par. El embolsado de la derecha, mandaba y, el de la izquierda, acompañaba con la hoja de ruta. El circuito era estrecho, ripioso y bastante irregular. Por el lado izquierdo, estaba el zanjeo que drenaba el canal seis, con poca agua y muchos mosquitos; por el derecho, la estancia de Casimiro Cuevas y el feed lot del frigorífico Sur. El olor a bosta y barro pisoteado era insoportable y, para colmo de males, gran parte del trayecto era una pendiente de unos veinticinco grados.

Once equipos competían en el tremebundo rally y el lugar rebalsaba de gente. Antes del disparo de largada no volaba una torcaza, el aire estaba tenso como novio de visita y los corredores estiraban el cuello como, si por ello, hubiera un impulso extra al largar. Cuando tronó el escopetazo y salieron atropellando en un frenesí de grotescas sirenas en arpillera; el equipo de la Garza Estigarríbia y el Pelado Nahuel, picaron en punta. Iban a los saltos, sujetando bien las bolsas, como pistones de un motor aceitado. La gente, enloquecida, alentaba al extraño espectáculo. El problema, para el equipo puntero, era la Garza. Un tosco gigante que medía cincuenta centímetros más que el pelado; por lo tanto, el desesperado copiloto, se descocía saltando para emparejar a su largo compañero. En la primera curva, el pelado no dio más y se fue de bruces al zanjón, arrastrando con él al orgulloso piloto, que aleteaba como loco, enredado en la arpillera e intentando, en vano, evitar el apocalipsis de mosquitos que se los iba a comer.

¡Eso te pasa por trampear al mus!le gritó el Roncha Martínez, del equipo que les pisaba los talones. Venían embalados, como canguros escapando del fuego. Pareja de la timba, se conocían bien. Saltaban parejito y comían terreno como en la rayuela. Ni las boinas se les volaban; los morochos iban de cara al viento, saboreando la victoria. Una pinturita, hasta que el copiloto piso una espina de tala, aguda y larga, como el remate de una soprano en el Colón, que le traspasó la alpargata de yute y, por poco, le desinfla el alma. ¡Cómo puteaba ese cristiano! En pampeano, en guaraní y en arameo antiguo, saltando en una pata y sin soltar la arpillera. Sumó tres zancadas martirizantes y clavó el ancla, ahí nomás.

¡Jodéte por guampudo!Le gritó el piloto del equipo de atrás, el tercero contando con el de la malograda Garza. Al instante y, por pésimos deportistas, fueron atropellados por los gorditos Popovich. Los  panza de agua venían rodando cuesta abajo y, por desgracia, otro par de paisanos: el Colorado Manrique y Obdulio Valdez, también cayeron en la embestida, masticando polvo y pedregullo, en un amasijo de criollos, arpilleras y pañuelos al cuello, que daba gusto ver. Rodaron como un ovillo de lana, levantando abrojos y topando cardos por la banquina derecha, pelándose hasta los huesos. “Si no fuese por el alambrado, todavía estarían dando vueltas”, dijo un viejito en la panadería, días después.

A todo este desatino, el manco Cárdenas, se las arreglaba como podía para sujetar su bolsa mientras que, su copiloto, el matemático Estrada iba compenetrado en la hoja de ruta.

¡Larga tres derecha, no te pases… tres izquierda… se cierra…, ojo… ¡Cuidado, vizcacha!gritaba desaforado y saltaba a la vez, pegado a su compañero.

A pocos metros, el  “vasco” Fernández, con Benítez, el talabartero del pueblo, venían incómodos y complicados como rengo con diarrea, porque se les descocían las bolsas. La cara del vasco lo decía todo, tenía una sola y tupida ceja, ¡la envidia de cualquier ciclope!, que llevaba fruncida a más no poder. Sabía que se le venía la catástrofe… y así fue. Las bolsas se abrieron al medio y Benítez se fue al zanjón escarbando el aire como el hombre araña cuando se queda sin tela. Por su parte, el vasco se llevó, con el último manotazo, al manco Cárdenas y de un tirón. En el violento viraje, al copiloto Estrada se le terminó la cháchara y pasó por encima del alambrado cabeceando un nido de hornero. La explosión de barro hizo que los  restantes competidores pararan a ayudar; menos, el “finoli” de Julito Reyes y Poroto Nader, su copiloto. Siguieron solos, saltando como ranitas y buscando la meta. Por malos compañeros, a Poroto se le acalambró un femoral y, ambos, tuvieron que salir de sus arpilleras para estirar las piernas; en ese instante, el galgo esquizoide de Eulogia, con tanto alboroto cruzó por debajo del alambrado y empezó a repartir tarascones, en un justo desapruebo de competidores. Luego. Iluminado por algún dios perruno levantó una de las bolsas cosidas con el hocico y fue disparado hacia la meta. Hay algunos espectadores que aseguran que el perro loco corrió como chita prendiéndose fuego todo el trayecto hasta cruzar la línea.

Al mediodía, el turco Abdul Demir, después de revolcarse de la risa, coronó a al único  competidor que pasó, embolsado, por línea de meta: el galgo ciego y volado. Por suerte, ahora tenía un nuevo dueño que lo había bautizado: Dustin.

 

 

 

 

 

 

Nota del autor 

 

Este relato es muy simpático. Comenzó siendo más breve, destinado a un concurso humorístico. Lo malo de los concursos son sus limitaciones y lo bueno, es que invitan a la reescritura de los relatos. Este fue ampliado y mejorado.

En un primer plano podemos apreciar el cómico acontecer de la vida en Villa Insatisfecha y malintencionado/gracioso concurso de embolsados. Con ello, ya tememos bastante entretenimiento. No obstante, en un segundo plano, el relato nos cuenta acerca de los perdedores y como, éstos, se desenvuelven. El turco que está resentido por su realidad y pergeña una venganza curiosa, el galgo que es cascoteado, mal alimentado y se la pasa mordiendo como manifestación por su desdicha y, hasta la misma América, que no le queda otra que chismorrear y conseguir alguna ganancia en lo limitado de ese pueblucho alejado y aburrido.

Por último, casi como una moraleja, el relato nos habla de que los últimos pueden ser los primero. Léase: Dustin llegando a la meta, mientras los demás han quedado en la rodada, y con la suerte de tener un nuevo dueño, más amigable.

Tal vez lo notaron o tal vez no, pero al perro lo humanicé a través de citar diferentes formas de locura. Cosa que lo acerca a cada uno de nosotros. Y, para acompañar al título, los protagonistas, en algún momento están “a los saltos”.   

 

La controversia Marrash   

 

El último día de pasión ­Farfullaba, entre dientes, Farid. Observando, siempre de cerca, el amorío de su hermano con su dulce prometida. Con su mano izquierda montó sus lentes negros por encima de la pendiente superior  de su nariz aguileña. Había una resolana, entre ligeras nubes, que lastimaba a sus ojos cafés y, además, era preciso disimular la mirada, pues así lo habían conversado en ese triángulo habitual.

El árabe sudaba, el calor húmedo de esa tarde había atraído a una mosca, gorda y cargosa. Volaba rasante, se posaba y volvía a alzar el vuelo arrobada con un pliegue de su frente de tono aceituna. Con un hábil movimiento de su labio inferior, Farid sopló hacia arriba y logro espantarla.

Esta vez, se sentía más incómodo que en otras ocasiones pero, haría lo posible para no molestar. Por otra parte, sus demonios interiores pujaban por complotarse en contra de ese intenso y romántico momento.

Farid era el más temperamental y mezquino de los hermanos Marrash, su madre siempre lo regañaba por eso.  Ahora, ella no estaba para reprimirlo, su ancianidad y un principio de Alzheimer tampoco se lo permitiría. El moro se salía de la vaina por hacer alguna trapisonda.

Amin era el dandy, su bigote arqueado y afinado, junto al pulido brillo de sus dientes y el perfume francés, omnipresente, lo demostraban. Culto y moderado, solía recitar la profunda poesía de Nada el Haye, bajo las espléndidas lunas del desierto.

Con la cadencia de su voz grave le hacía el amor al oído de las jóvenes mujeres. Deslizándose suavemente por el canal de Hélix, penetrando el conducto auditivo externo hasta sentir la membrana timpánica y acabar, profundo, en la trompa de Eustaquio. Tan intensa era la voz de Amin y tan emotivo su recitado.

“Que el que alcanza una estrella conquiste el cielo. Que el que toca el fuego sea atravesado por relámpagos”

Cómo no caer rendidas ante palabras tan bellas y poderosas, por la voz cantante de una alondra ibis como era él. Un macho llamando a su hembra, a pulmón pleno, en las tórridas arenas del océano amarillo.

Amin oyó el desplante verbal de su hermano Farid; imposible no escucharlo si él era la cruz de su vida entera. En su corazón había paz y según él, el rencor era un cactus lejano del que nunca bebería su savia. No así su hermano, siempre inquieto y tironeando situaciones, insatisfecho con él mismo y el lugar que la vida le había dado.

Acaricio los cabellos azabaches de su amada, deslizando su mano derecha con la seguridad de un artesano del vidrio y la suavidad de un anciano fakir. Ella, embelesada, no podía pensar en otra cosa que esos ojos profundos, sugerentes y masculinos, que la desnudaban al compás de las poesías, cuando caía el sol y la luna resplandecía.  Y así se besaron, abstraídos del mundo y con suma pasión, en el viejo andén de la estación con el hormiguero de personas, yendo y viniendo.

El particular perfume de la mujer alcanzó la nariz de Farid y, llevado por las notas cítricas del cardamomo, no pudo más que sentir una profunda envidia en su estómago contraído. Confundido y con una vergonzosa erección giró su cabeza hacia la boletería, intentando no pensar.

La maravillosa mujer, en su blanco y fresco vestido, cogió la maleta y subió al tren para partir a Marruecos. Cuando las ruedas de metal comenzaron a girar, lágrimas contenidas cayeron por las mejillas de Amin Marrash.

La mano izquierda de Farid Marrash extendió un pañuelo de seda y secó las lágrimas de su hermano gemelo, sintiendo culpa y recelo en la misma medida. Las diferencias en sus rostros, más que en lo estético, se percibía en las expresiones. Farid tenía las facciones de un hombre azotado por implacables tormentas de arena y los devenires de una vida nómade, mientras que, Amin era el risueño portador de un aura de santidad.

¡Te oí, maldito susurrador!espetó Amin alzando su voz. Su semblante ya no era de tristeza sino, de ardiente enojo. Estaba cansado del lastre que representaba su egoísta hermano, que era el único capaz de agitar las aguas calmas de su lago espiritual. Sin duda, había rebalsado la represa de su tolerancia.

¡No es mi culpa que compartamos el mismo cuerpo, estoy harto de ti!respondió Farid, sin bajar la guardia y quitándose los anteojos para el sol mientras, la mano derecha de Amin se elevaba con gestos amenazantes. El cuerpo robusto parecía recibir impulsos eléctricos de ambos cerebros y de modo alternativo, se movía frenético y en un espacio reducido, como si las piernas luchasen por ir en direcciones opuestas. Nunca antes la discusión había sido tan encarnizada.

Ambos comenzaron a reprocharse cosas pasadas y venideras, aun sabiendo que deberían llegar a alguna clase de  acuerdo o, como ellos le decían, “un ritual necesario”. Mientras tanto, las voces se alzaban una contra otra, como  sables de jinetes musulmanes acometiendo en lo fragoroso de una batalla.

Aquellos que los conocían pasaban sin reparar en el espectáculo, cargando bolsos y preocupaciones. Los que nunca los habían visto, se detenían a distancia, para observar la insólita y teatral controversia. Un cargador con turbante blanco y camisola de lino, pasó con su carreta cargada de bultos y paró en seco, pensó en separarlos ante la acalorada discusión. No pudo más que reír, al reflexionar sobre su absurda buena intención.

─ ¡Por Alá! ─exclamó una anciana hija de beduinos, que vendía panecillos con jengibre para la muchedumbre diaria. Su rostro, curtido y ajado, demostraba haber presenciado muchas extrañas cosas en su larga existencia, pero nada como aquel grotesco fenómeno de feria.

Mientras el  tren se perdía en el horizonte anaranjado, lila y brillante, apartando dos mitades de un fogoso amor; en el andén y ante un público variopinto, bicéfalo Marrash permaneció un buen rato discutiendo, tan cara a cara, como el giro que esos cortos y venosos cuellos le permitiese.

 

 

 

 

Nota del autor

 

Este es el cuento típico que se precipita hacia el final. Con este tipo de relatos se busca dar pocos indicios del desenlace, así el efecto es mayor. Hay que conducirlo con cuidado mostrando la carretera, los carteles indicadores, la pendiente pronunciada o al chofer al volante, pero nada del destino o  muy poco de él. Jugar con el momento y lo que acontece, entre detalles trabajados, que distraen pero no dejan de inquietar.

Para darle color pensé en Marruecos, en los desiertos, en la belleza de África y, por supuesto, estudie cuestiones relacionadas. El vocabulario es limpio y perseguí el buen gusto por las palabras. Aromas y sensaciones, están presentes y el tren… El tren siempre es bueno en una historia, sinónimo de viaje y de ilusión, también de partida y desarraigo.

Lo antagónico se muestra desde el principio y es el eje de la historia. Como Caín y Abel los hermanos se confrontan pero, en este caso, lo absurdo choca de improviso y obliga al acuerdo.

Fortalece la visión el cargador y la anciana que vende en el andén, son puntos de vista diferentes: la risa y el horror, también antagónicos.

La imagen del bicéfalo fue la primera que tuve gracias a un noticiero donde se mostraba a un ternero recién nacido con dos cabezas bien formadas. En ese instante pensé: ¿y si esos terneros tuviesen un amor? Más adelante cito que es importante nutrir a la imaginación, de la fuente que sea.

Todo el condimento del relato fue razonado y llevó trabajo, varias reescrituras y correcciones. No tenía mucho sentido extenderlo, a veces la brevedad suma.

 

 

 

 

3 de abogados de 300 palabras

 

Hoplita  

 

El joven abogado de oficio cavilaba, mientras esperaba a una clienta. Debía tres meses del alquiler de su oficina. Necesitaba un aliciente.

Samanta entró. Un metro setenta de feminidad, bucles borgoña hasta la cintura, ojos melancólicos. Una escultura de Rodin, perfecta.

─Hola abogado. Vengo a denunciar a mi madre por hostigamiento. Hace años compite conmigo, ya tengo 18. Perdí novios por su embrujo de medusa. ─dijo, compungida.

En ese instante, entró su madre. Metro ochenta de estatura, rubia platinada, voluptuosa y pulida, al extremo, en el gimnasio. Si la hija era un transbordador; la madre, el cohete Saturno.

─Guapo muchacho, esto no es necesario. ─aseguró la amazona.

─¡Mamá…! Me imitas hasta en la ropa interior. ─Explotó la pelirroja.

─¡Delirante, demuéstralo!

La joven, furiosa, expuso sus pechos  en lencería fina y bajó su jean.

─¡No es necesario! ─gritó el abogado. Su corazón palpitaba encabritado.

La madre la imitó, encima, ambas se giraron. Dos colas, turgentes y de torneo, invitaban al desenfreno. El abogado transpiraba a mares y una erección brutal amenazaba con destruir su pantalón de vestir.

─Bomboncito,  transpiras. ─dijo el cohete, mientras le secaba la frente con su pañuelo.

─¡¡¡Es “mi” abogado!!! ─insistió el transbordador. Con mano suave acariciaba su pecho.

Las desnudeces, el perfume y las caricias obraron. El abogado estalló manchando, intensamente, su pantalón.

─¡Dios, qué semental! Lo que pida por sus servicios. ─exclamó la madre y mostró una colección de tarjetas de crédito. La muchacha lloraba.

Por fortuna, un abogado de oficio es un guerrero que le hace frente a muchos casos. Sin pausas, le quitó el aliento a la joven con un beso de celuloide.

─Retírese señora, su hija es  ”mi” defendida. Pasará, usted, por una evaluación psicológica. ─afirmó el hoplita, con enhiesta lanza amenazando desde el pantalón humedecido.

Al fin, el transbordador había vencido.

 

 

 

Ticket 

 

 

Año 2.044, ciudad: Nueva Buen Aire, 02.00 am. Logan Gonzáles, esposado, llegó al recinto, con un dron policial, custodiándolo.

La Cámara Electrónica de Justica no descansaba, su inteligencia artificial determinaba la magnitud de un crimen y dictaba sentencia, expeditivamente.

Un abogado asignado, humano, aguardaba dentro pronto habría androides juristas. Había solicitado un habeas corpus pero, fue desestimado. Debía presentarse, ante la Cámara y con su defendido, para probar su punto.

Como abogado de oficio, era un lujo rechazar casos; mísero, era el salario del Estado.

La consternación de Logan sobrecogió al letrado. Extendió sus manos engrilladas para un cálido apretón.

─Por lo leído en el expediente, deduzco que este es un caso repetido. Los delincuentes camaleones suplantan identidades con artilugios de silicona y sensores para los escáneres biométricos, suelen mimetizarse con los movimientos de los expoliados. ─Relate donde estuvo durante las horas del homicidio que le imputan.  ─dijo el abogado y conectó su dispositivo de interconexión neuronal a la consola.

─Salí de casa y tomé el metro azul hasta Agronomía ─relató Gonzales.

─Clave: Usuario 48007 G. Directiva 1: Fecha: homicidio Regina Díaz. Localizar chip integral del imputado en el arco de acceso al meto azul. Confirmar biometría. ─ordenó, el defensor, a la máquina pensante. En el panel frontal, apareció una luz verde: positivo. 

─Compré churros, para mi novia en Churromax. Hicimos el amor en su casa, cerca de la facultad ─agregó.

─Directiva 2: misma fecha, geolocalización del imputado en Churromax, barrio Agronomía. ─ordenó, tajante. Luz verde, otra vez: positivo.

─Directiva 3: misma fecha. Localización biométrica del imputado, cámaras: Facultad de Agronomía. Rastreó satelital térmico y huella termodinámica, domicilio de la pareja. Tercera luz verde.

De inmediato, la Cámara Electrónica de Justicia emitió un ticket, decía: Probado conflicto biométrico, Logan Gonzáles, sobreseído. Hágase justicia.

El segundo saludo fue sin esposas.

 

 

 

Mamá    

 

 

Yael Díaz, mujer hermosa y oportunista, fue infiel a su marido, el abogado de oficio Juan Manuel Rodríguez. Lo abandonó junto a su hijo bebé, durante tres años. Él hombre confundido pero, aún enamorado, redobló sus esfuerzos como abogado novicio para criar a su hijo, esperando que su preciosa mujer recapacitara y volviese.

Nahuel creció en los brazos de su papá, que cambiaba sus pañales, lo acunaba y cuidaba, sin descanso, como cualquier madre.

Cuando Yael Díaz regresó, pidió tener los fines de semana a su hijo y dinero. Argumentó que necesitaba un tiempo para vivir sola y reflexionar. Le salió bien pues, a las bellas, les suele salir bien. Luego, por medio de una abogada, costosa y eficiente, solicitó el divorcio, una mayor suma de dinero y la tenencia de Nahuel

Hubo dos mediaciones ante la Jueza Julia Mardones, la primera infructuosa y, la segunda…

─Señora abogada, señor… ─dijo la Jueza y, antes de continuar, el abogado le alcanzó un documento de identidad de su bolsillo, que la letrada inspeccionó, asombrada.

─Abogada Manuela Rodríguez, conforme a la ley argentina, que es expeditiva en el cambio de identidad sexual soy, ahora, mujer de pleno derecho y madre de Nahuel. Pido, en condición de madre que ha criado muy sola a su hijo, la custodia del niño y sea revocada toda manutención. ─dijo “la abogada”, con vehemencia.

Nadie esperaba aquella jugada radical, menos, la abogada de la otra parte, que quedó perpleja.

─¿Y vos, cómo te sentís Nahuel? ─preguntó la Jueza, para distender.

 ─¡Bien… con mamá! ─exclamó el pequeño, sonriente y abrazando a Manuela.

La doctora Julia Mardones, madre de tres hijos, contuvo las lágrimas.

─Abogada Manuela Rodríguez, su pedido es razonable y lo evaluaré a conciencia. Sugiero que se aféitese mejor, de acuerdo a su condición de madre, ¿comprende?

 

 

 

Nota del autor

 

Estos relatos fueron a concurso, todos debían mencionar a abogados de oficio. Encaré el desafío porque no sabía demasiado sobre la realidad de dichos juristas. Me enteré de muchas cosas. Eso es lo bueno de escribir, hay que investigar.

Los tres tienen 300 palabras, ni una más, ni una menos. Para lograrlo, además de tener una idea que valga la pena, se debe escribir algo que no exceda una carilla. Una vez concluido el relato, se estudian los puntos fuertes del mismo y se va recortando lo que no sea importante. Podar un párrafo y, otro tanto, el otro y continuar, así.

Irá tomando forma, lleva algo de tiempo. Para ahorrar palabras se pueden utilizar sufijos, sin exagerar. Eficientemente, por de manera eficiente. No recomiendo más de dos en el relato. Ayuda mucho el buen uso de las comas y del punto y, por supuesto, oraciones cortas y precisas que nos den la información necesaria.

A todo esto, hay que cuidar el mensaje y dar un final contundente. No crean que será pan comido, habrá que trabajar. La idea debe estar clara y los escenarios reducidos. Con pocas palabras se puede describir un espacio opresivo o acogedor: apenas entraba luz por las ventanas tapiadas, sombras añejas languidecían en los rincones o los leños crepitaban y un aroma a café flotaba en el cuarto.

No hachen de una, pueden hacerlo con tiempo, dejen descansar el relato. Hay que rebajar con pericia y no con premura. Cada línea debe encajar como en un preciso rompecabezas y nada quedará al azar. Suerte.