El néctar de las mujeres
III.
Para hablar del tercer amor es mejor pedir perdón a sus amplios bucles, a
sus ojos apache y al fútil acné de su inocencia.
Aquellos pechos con penínsulas fueron hermanos míos en la penumbra, cuando la carnosa boca cedió una infancia al caramelo del hombre.
Debo decir que se dejó ir por la cascada del cuerpo, a sus catorce y pico. Cayó a la deriva del deseo y perdió la olimpiada de sus sentidos en el abecedario de mis promesas.
Lloró, quebrada por fuera y avergonzada por dentro, mucho después de que los cuerpos desnudos se hilaran en la rueca del destino. Mucho después del martilleo de mi voz en sus instantes esquinados y,
aún después, de mil tazas de café para los desenlaces de las tardes de ardor y en el calmo espejo de pie que nos encontrara, comunmente, abrazados desnudos y sin dolor.
Era una preciosa flaca de los orgasmos, verdaderas odas desatadas, vendavales de placer de su garganta impulsada, de sus dedos apretados, de sus ojos en blanco atizando el lomo del diablo.
Aún así la dejé, por una cobardía con forma de prudencia y, cada vez que la pensaba, el sudor me aventaba al desierto del alma.
En los noventa la flaca buscó el suicidio, como el lobo jóven que ha extraviado a su manada en la nevada cuesta de su desdicha. Ella dice que no lo halló aunque, al cruzarla en el presente, para comprender a su mirada debo armar rompecabezas con las piezas que no encajan.